«—A ver si entiende lo que trato de decirle,
Prudencia: uno no puede construirse un
mundo a medida, pero lo que sí puede hacer
es construirse un pueblo. Aquí todos
pertenecemos, por decirlo así, a un club
de refugiados. Su patrón es uno de los
escasos habitantes que tiene raíces familiares
en San Ireneo. Él volvió aquí hace unos años
y puso en marcha la idea. [...]
»La señorita Prim, que había escuchado con
mucha atención la explicación de su amigo,
suspiró con resignación.
»—Dígame, Horacio… ¿hay algo más que yo
debiera saber sobre este pueblo?
»—Desde luego que lo hay, querida
—contestó él con un guiño mientras se
disponía a apurar su bebida—. Pero no
pienso decírselo.»